miércoles, 8 de julio de 2026

Una semana en Roma. Quinto día. Parte II

Y llegamos a la sala VIII la gran sala de Rafael donde encontramos una extraordinaria muestra de su obra. La primera de ellas es la Coronación de la Virgen (llamada Retablo Oddi), se trata de un lienzo al óleo, transportado, de 272 x 165 cm y pintado por encargo de Maddalena degli Oddi,  para el altar de la capilla de la familia degli Oddi en la iglesia de San Francesco al Prato en Perugia, estuvo en esa iglesia hasta el año 1797  en que fue requisada por los franceses y trasladada a París, donde se transportó de la tabla a la tela. Devuelto después de 1815, ya no regresó a su sede original y entró a formar parte de la nueva Pinacoteca Vaticana según los deseos de Pío VII.
Coronación de
 la Virgen
(Retablo Oddi)
La tabla, según estudios, se debió realizar en dos fases. En la primera se ejecutó la mitad superior, a la que corresponde la Coronación propiamente dicha. Esta zona superior muestra a las figuras con un aspecto más convencional,  son más estáticas y más afines o cercanas a los modos de Perugino.
Posteriormente se llevaría a cabo la escena de los apóstoles en torno al sarcófago abierto y florecido. Los apóstoles de la mitad terrenal muestran además de una mayor solidez en su planta, un estudio de las fisonomías más esmerado adoptando un mayor dinamismo y variedad gestual atribuible a la influencia de Masaccio tras un viaje de Rafael a Florencia en el que pudo visitar la capilla Brancacci en la iglesia de Santa María del Carmen.
En la parte alta de la composición, entre ángeles músicos, Jesucristo corona a la Virgen, mientras que, en la parte inferior, los Apóstoles mirando hacia arriba con devoción rodean un sarcófago con flores rojas y blancas que suplantan al cuerpo de la Virgen que ya ha sido elevada a los cielos. Entre los apóstoles, en el centro, se encuentra Santo Tomás, que tiene en sus manos el cinturón rojo de la Virgen que ésta le ha dejado como regalo.
Los dos planos, el celestial y el terrenal, quedan separados por una fina línea de nubes blancas.
La anunciación   La adiración delos Reyes Magos 
 y La Presentación en el templo                       
La pintura, obra juvenil fechada generalmente entre 1502 y 1504, siempre ha sido indicada como la obra de Rafael más cercana al estilo de su maestro Perugino.La predela se trata de  una tabla al temple engrosado, de 39 x 190 cm aprox. que ilustra tres episodios de la infancia de Cristo: la Anunciación, la Adoración de los Reyes Magos y la Presentación al Templo.
En “La anunciación”, transferida también a lienzo, Rafael pinta con gran belleza a las dos figuras, la de María y el ángel, iluminadas por una luz potente que remarca las vestimentas coloridas. El suelo embaldosado, las columnas, las bóvedas de cañón y los arcos de medio punto forman una perfecta arquitectura. El fondo, al abrirse en un paisaje, aumenta la sensación de profundidad. Arriba, a la izquierda, Dios.
La “Adoración de los Reyes Magos”  también es un óleo sobre lienzo que forma parte de la predela de la Coronación de la Virgen y que mide 27 X 50 cm. destacando  por su intenso colorido y el uso de arquitectura clásica.  Representa una escena dentro de la historia que hace referencia a estos personajes que aparecen en el evangelio de San Mateo, pero no en el de San Lucas. La historia de los Reyes Magos ha tenido siempre una gran atracción para las narraciones artísticas.
La "Presentación en el templo" es una delicada pintura al óleo creada al igual que las otras dos como predela de la
  Coronación de la Virgen por el maestro renacentista italiano Raphael. Esta pequeña obra /27 X50 cm) destaca por su meticuloso dominio de la perspectiva y la composición, características fundamentales del estilo temprano del artista. En ella, Rafael representa el clásico episodio bíblico narrado en el Evangelio de San Lucas, donde María y José llevan al niño Jesús al templo para presentarlo y cumplir con los ritos de purificación.También tenemos en esta sala la Predela Baglioni que son tres tablillas al temple engrosado (con acabado más pastoso por tener más aglutinantes grasos) y cada panel de 18 x 44 cm. que representan la Esperanza, Caridad  y Fe,  acompañadas a los lados de amorcillos que muestran los respectivos atributos en sus manos (unas tablillas con los monogramas griegos CPX e IHS, alusivos al Cristo, objeto de fe, para la primera; actitud de confianza para la Esperanza; un brasero con llamas y una jofaina llena de monedas para la Caridad). 
Detalle
Es muy probable que la Caridad, que se muestra sosteniendo a dos niños pequeños (uno de ellos alimentándose de su pecho) y coronada por el fuego divino, ocupase la posición central, con la Esperanza a la izquierda representada por una figura femenina con alas, que levanta las manos hacia una visión celestial y la Fe a la derecha representada por una mujer sosteniendo un cáliz y una hostia sagrada.
Las Virtudes teologales constituyen los compartimientos de predela del retablo Baglioni, hoy desgajado en partes y en el que se representa el Descendimiento de Cristo que fue pintado para la capilla de familia Baglioni en la iglesia de San Francisco al Prato en Perusa y actualmente conservada en la Galería Borghese de Roma. El retablo, realizado en 1507, fue encargado a Rafael por Atalanta Baglioni en memoria del hijo Grifone, asesinado en 1500 en un conflicto familiar por el control de Perusa.
Otra de sus obras que aquí se nos muestra es la Virgen de Foligno tabla de 308 x 198 cm que, después trasportada a lienzo al óleo. Es un cuadro exvoto que fue encargado en 1511 por Segismundo de' Conti para el altar mayor de la iglesia de Santa María de Aracoeli en Roma. De aquí pasó, en 1565, a la iglesia de Santa Ana en el Monasterio de las Condesas en Foligno y, tras regresar de Francia, donde había sido trasladada en 1797 a raíz del Tratado de Tolentino, entró a formar parte de la Pinacoteca Vaticana (1816).
Virgen de Foligno
Rafael divide el lienzo en dos mundos. El superior, celestial, con la Virgen y el Niño envueltos en un disco solar y nubes; el inferior, terrenal, donde se reúnen varios santos y el donante.
La Virgen y el Niño Jesús, sostenidos por una nube de ángeles y enmarcados por un gran halo naranja, dominan el grupo de santos por debajo de ellos, entre los cuales se encuentra el donante arrodillado. Esta zona celestial aparece distanciada de la que aparece debajo por una mayor modulación cromática y luminosidad.
El comitente Segismundo de' Conti, ilustre humanista de Foligno, se halla representado a la derecha, rezando de rodillas. San Jerónimo, en hábito cardenalicio, lo presenta a la Virgen, sentada en gloria con el Niño; a la izquierda, San Juan Bautista, vestido con pieles, indica la visión celeste, frente a la cual se arrodilla San Francisco, protector de los Menores, y a cuya iglesia estaba destinado el cuadro.
Esta obra fue encargada por Segismundo de' Conti para agradecer a la Virgen por haber salvado la casa de Foligno, tras caer sobre ella un rayo. El episodio se recuerda con la atmósfera tormentosa del paisaje en el fondo, y el destello del relámpago (o explosión) que golpea el Palacio (visible a la izquierda), ilustrando con ello el suceso al que pretendía aludir.
El angelito, un pequeño “putti”, en el centro de la composición sujeta una placa sin inscripción, destinada probablemente a recordar el voto atendido por la Virgen.
Estas figuras adoptan la forma de semicírculo, completando así, con el de la zona superior, un círculo. La forma circular se repite en la aureola de la Virgen y el arco iris que aparece en el paisaje.
La fuerte caracterización de las figuras, la plenitud volumétrica de los putti y el refinado claroscuro distingue a esta tabla como una obra del artista en su madurez y constituye un hito de la pintura occidental por su hábil composición y la diferenciación entre los planos celeste y terrenal.
El cuadro se puede fechar entre el año 1511 y el 1512, en el período en que Rafael estaba trabajando en la Estancia de Heliodoro en el Vaticano (aposento de Julio II)
Para concluir esta sala nos fijaremos en la Transfiguración obra encargada por el cardenal Julio de' Medici (futuro papa Clemente VII) para la catedral de San Justo de Narbonne cuando fue nombrado obispo de la ciudad en 1515. En realidad encargó dos cuadros del mismo tamaño: la Transfiguración, a Rafael, y la Resurrección de Lázaro (actualmente en la National Gallery de Londres), a Sebastián del Piombo.
La Transfiguración
La Transfiguración no fue enviada a Francia, ya que tras la muerte de Rafael (1520), el cardenal se quedó con ella, regalándola más tarde a la iglesia de San Pedro en Montorio, lugar donde fue colocada en el altar mayor. En 1797 fue llevada a París, como muchas obras, y devuelta en 1816 tras la caída de Napoleón; fue entonces cuando entró a formar parte de la Pinacoteca de Pío VII.
La obra es una tabla al temple engrosado de 410 x 279 cm en la que se describen dos episodios narrados uno detrás del otro en el Evangelio de Mateo y donde hay una clara separación entre la parte superior con la esfera celestial y la inferior: la esfera terrenal.
Apóstoles: Pedro, Santiago y Juan
Arriba aparece Cristo sobre el monte Tabor, cuando se transfigura en gloria divina, de ahí esa luz tan blanca que lo rodea y destaca entre toda la composición. Lo acompañan en los laterales los profetas Moisés y Elías. Justo por debajo de Jesús, hay tres de sus discípulos, los Pedro, Santiago y Juan que cubren sus rostros, deslumbrados por la divinidad. Y que parecen incluso asustados ante tal transformación que han debido ver con sus propios ojos.
Las dos figuras que aparecen arrodilladas a la izquierda son los mártires San Agapito y San Felicísimo, cuya festividad coincide con la fiesta de la transfiguración, el 6 de agosto.
Detalle
En la parte inferior, la escena es mucho más oscura, con los Apóstoles, situados a la derecha, que intentan curar a un niño poseído por algún demonio (o podría hacer referencia a un ataque de epilepsia) que aparece a la izquierda. Por mucho que lo intentan, no tienen la capacidad suficiente para curar a ese niño. Será Jesús, por supuesto, quien obrará el milagro cuando regresa del monte Tabor. Sobresale la figura de la mujer arrodillada, que parece más una escultura clásica que un ser humano.
La composición agitada y expresiva del episodio inferior contrasta con la paz superior, sirviendo como contraste entre la naturaleza divina y las limitaciones humanas.
La estructura general de la obra es piramidal ascendente (característica del Renacimiento), hay simetría y la tensión se dirige principalmente hacia el foco de luz, o sea hacia Jesús ascendiendo en el monte Tabor.
Detalle
Y como es habitual en las obras religiosas de estos siglos se plasma en ella la jerarquización  eclesiástica religiosa: Jesús en la parte superior, los discípulos en el medio y el pueblo en la parte inferior, método que ha dividido la fe y mantenido su preponderancia hasta nuestros días.
Si nos fijamos en las torsiones y las posturas retorcidas de algunos de los personajes, entre ellos el dramatismo y la tensión del niño poseído y sus acompañantes o en el claroscuro utilizado por Rafael en la parte inferior podríamos deducir que estamos ante una obra preludio de dos movimientos artísticos que se producirán con posterioridad a la figura de Rafael: el Manierismo y el Barroco
El cuadro es el último realizado por Rafael y puede considerarse como el testamento espiritual del artista. La obra estaba en su estudio y fue colocada junto a su lecho de muerte tras su fallecimiento prematuro a los 37 años. La obra según Giorgio Vasari, es "la más celebrada, la más bella y la más divina".
Ya en la sala IX nos encontramos con este cuadro de da Vinci, San Jerónimo. Realizada al temple y óleo sobre tabla de 103 × 74 cm. Obra inacabada de Leonardo, posiblemente debido a su marcha a Milán, fue realizada en Florencia. Y aunque está inacabado  se ve la composición al completo. Representa a  San Jerónimo, teólogo, biblista, erudito y traductor, que tradujo los Evangelios del griego al latín, y el Antiguo Testamento desde el hebreo.
S. Jerónimo
Este enigmático lienzo del gran genio del Renacimiento ofrece una interpretación original del santo eremita y Doctor de la Iglesia, en consonancia con la iconografía del Quattrocento toscano, y aporta valiosas claves sobre el proceso creativo del artista.
La representación de san Jerónimo entre rocas,  rompe con la tradición de representar a San Jerónimo como un padre de la iglesia elegante.
Leonardo lo pinta como un ermitaño demacrado, enflaquecido y arrodillado en el desierto, a la entrada de una oscura caverna con una piedra en la mano derecha, preparándose para golpearse el pecho en señal de penitencia, con lo que hace crecer el misterio de la escena; el dramatismo se provoca por la anatomía del cuerpo y la expresión de la cara del santo. El león que se aprecia insinuado en primer término en la parte derecha representa un de los atributos de san Jerónimo.
El cuadro destaca por su profundo, esquemático y oscuro paisaje de rocas escarpadas contra la que se recorta la figura del santo. Este escenario tan abrupto aporta a la pintura emoción y cierto misterio.
En su conjunto, ofrece un aspecto prácticamente monocromo. La claridad de la figura del santo y del león perfilado en el primer plano contrasta con la oscuridad del fondo.
Aunque se desconoce su procedencia exacta, la atribución a Leonardo nunca ha sido cuestionada. La obra, aún en estado de boceto (solo tiene la primera capa de color del fondo) y con distintos grados de acabado, revela una extraordinaria calidad del dibujo, la maestría anatómica de Da Vinci y una magistral técnica pictórica, especialmente en el uso de veladuras en las zonas de claroscuro. Por sus similitudes con la Adoración de los Magos (Florencia, Galería de los Uffizi), se considera realizada entre 1481 y 1482.
Según la tradición, fue descubierta por el cardenal Joseph Fesch —tío de Napoleón— dividida en dos partes. Una de ellas servía como fondo de un cofre y la otra se utilizaba como la parte superior del tamborete (banqueta) de un zapatero.
La tabla se encuentra actualmente recompuesta, tras haber estado fragmentada en cinco piezas. Tras la muerte del cardenal, la pintura fue subastada y vendida varias veces, hasta que en 1856 fue adquirida por Pío IX (1846-1878) para la Pinacoteca Vaticana.
En esta sala también  nos encontramos esta bonita tabla al óleo de 107 X 84 cm. de Giovanni Bellini, el Dolor por el Cristo muerto, 
Dolor por el Cristo muerto
La pintura constituía el cimacio (elemento superior) del célebre retablo que Giovanni Bellini pintó en Pesaro para el altar mayor de la iglesia de San Francisco alrededor de 1475. El retablo (actualmente en los Museos Cívicos de Pésaro) representa la Coronación de la Virgen encuadrada en una compleja serie de compartimientos. En el Dolor se reúnen en torno al cuerpo de Cristo muerto las tres figuras de María Magdalena, Nicodemo y José de Arimatea. El rostro de los personajes transmite un sufrimiento silencioso e íntimo, diseñado para inspirar compasión y fomentar la meditación religiosa del devoto.
Bellini utiliza un punto de vista muy bajo, obligando al espectador a mirar la escena desde abajo, lo que le otorga una solemnidad monumental a la composición, enfatizada por la luz lateral que reciben, que  se caracteriza por el tono absorto y doliente de la representación y por la íntima relación emocional que une a los protagonistas.
En la sala X vamos a destacar una obra de Tiziano y otra de Veronese. La de Tiziano se trata de Virgen con el Niño y Santos en la gloria. También llamada Virgen de San Nicolás dei Frari. Se trata de un lienzo al óleo, transportado, de 388 x 270 cm.
Virgen con el Niño
y Santos en la gloria
El gran retablo de la Virgen con el Niño y Santos en la gloria fue pintado entre 1522 y 1526 para el altar mayor de la iglesia de San Nicolás della Lattuga en Campo dei Frari en Venecia, más conocida como San Nicolás dei Frari. Doscientos años más tarde el papa Clemente XIV
  adquirió la obra para el Palacio pontificio del Quirinal, y desde 1820 ingresó a formar parte de la Pinacoteca del papa Pío VII.
La pintura, originalmente cimbreada (es decir, curvada en la parte superior, donde está representada la paloma del Espíritu Santo), presenta a la Virgen con el Niño y ángeles en las nubes, y en la parte inferior a Santa Catalina de Alejandría, San Nicolás de Bari, San Pedro, San Antonio de Padua, San Francisco de Asís y San Sebastián. Se trata de una obra de la primera madurez del artista que, llega a superar a los maestros Giovanni Bellini y de Giorgione, y se revela como una personalidad autónoma y con pleno prestigio.
Visión de Santa Elena
La de Veronese, Paolo Caliari llamado el Veronese por su nacimiento, se trata de la Visión de Santa Elena. Es una tela al óleo, de166 x 134 cm., en ella Santa Elena, madre del emperador romano Constantino, está representada dormida, sentada, con la cabeza reclinada sobre su mano izquierda y vistiendo ropas del siglo XVI, con una capa y un velo asegurado por su corona.
A la derecha del lienzo,  en la parte inferior, simbólicamente, un ángel alado, de espaldas, le muestra la cruz.
La historia sagrada le atribuye la visión o, para ser más precisos, el sueño, que la llevó a encontrar la verdadera Cruz (Veracruz) materializada (por así decirlo) y sostenida por un amorcillo alado. La iconografía no es la que se encuentra tradicionalmente en el ambiente véneto, donde la Santa generalmente está representada de pie cerca de la cruz. La pintura, fechada aproximadamente en 1580, forma parte de la producción madura del gran pintor véneto.
En la sala XI me llamó la atención La Virgen de las cerezas, conocida formalmente como Descanso en la huida a Egipto, de Federico Fiori, llamado el Barocci, que es un  óleo sobre lienzo de 133 x 110 cm. y que representa a la Sagrada Familia en un momento de descanso durante la “Huida a Egipto”. 
Virgen de las cerezas
Fue pintado por este pintor nacido en Urbino como Rafael Sanzio, para un amigo coleccionista de arte de Perusa. La refinada obra de este pintor se inspira en composiciones expresando el tema religioso con gestos inmediatos y sencillez armoniosa, transportando la esfera divina a un contexto más humano, según los nuevos cánones de la Contrarreforma.
En ella, San José le ofrece una rama de cerezas al Niño Jesús, mientras la Virgen recoge agua en un entorno cotidiano y luminoso.
Al sustituir la palmera,  de la narración evangélica, que ofreció protección y reposo a la Virgen y al Niño Jesús, por el cerezo transforma el milagro en un momento de íntima dulzura familiar. Y al mismo tiempo alude simbólicamente a la sangre de la pasión de Cristo y a la dulzura del ParaísoLa Virgen, en un gesto de afectuosa ternura maternal, acoge al Niño, que tiende la mano hacia las cerezas ofrecidas por San José. El asno de la derecha sitúa la escena en un contexto cotidiano, mientras que un paisaje luminoso se extiende al fondo. Junto a la Virgen, un recipiente con agua alude a la Eucaristía, enriqueciendo el valor teológico de la obra.
A La Virgen de las Cerezas podemos considerarla como una gran obra del  Renacimiento italiano tardío. Las sutiles veladuras y las transiciones tonales graduales confieren a las telas una suavidad casi táctil, mientras que el rojo del vestido de María armoniza con el azul del manto, emblema de pureza; toques de amarillo y rosa en el drapeado completan la armonía de colores.
A la muerte de su amigo la obra pasó a los Jesuitas de Perusa donde permaneció hasta 1773. Con la supresión de la Orden llegó a Roma, al Palacio del Quirinale, desde donde en 1790 se trasladó a la antigua Pinacoteca Vaticana. Sucesivamente pasó a los Palacios Apostólicos, y regresó establemente a la Pinacoteca Vaticana en tiempos de S. Pío XI  en el año 1935.
El Descendimiento
Y en la sala XII no podemos pasar sin ver la obra de Caravaggio, El Descendimiento de la cruz. Esta obra barroca es conocida también como el Santo Entierro, Entierro de Cristo, Deposición de la cruz o Preparación de Cristo muerto sobre la piedra de unción.
Es considerada una de sus obras maestras y fue encargada para la capilla de familia en Santa María en Vallicella (Iglesia Nueva) en Roma. En 1797 fue incluida en el grupo de obras trasladadas a París y tras ser devuelta en 1817 pasó a formar parte de la Pinacoteca de Pío VII.
El Descendimiento de la cruz está realizado al óleo sobre lienzo y tiene unas dimensiones de 300 centímetros de alto por 203 de ancho.
Caravaggio no representa en realidad la Sepultura ni el Descendimiento de la manera tradicional, ya que el Cristo no está descrito al ser bajado a la tumba.
Detalle
San Juan y Nicodemo sostienen con esfuerzo el cuerpo de Cristo muerto. El evangelista por la parte superior y el segundo por las rodillas colocan el cuerpo de Jesucristo sobre la Piedra de la Unción, es decir, la piedra tumbal con la que se cerrará el sepulcro. Nicodemo tiene girada la cabeza y observa al espectador consiguiendo que éste
  partícipe de la escena.
Una mano de San Juan toca la herida que hay en el costado, ya que es él, Juan, el único que nombra en su libro la existencia de la laceración con una lanza.
Detalle
El Cristo muerto concentra toda la luz del cuadro, ya que es el protagonista del mismo. Su expresión es totalmente serena, como si se quisiera enfatizar la incapacidad del Cristo muerto para sentir el dolor, además se puede ver la carencia de arañazos en su piel y los estigmas de pies y manos están limpios. Es un cristo que se asemeja al de la Piedad de Miguel Ángel, por quien Caravaggio sentía gran admiración, por su tamaño desproporcionado y la tensión muscular claramente manifiesta en tórax y glúteo que no corresponde a un cadáver. En este sentido, debemos observar el brazo colgante de Cristo que recuerda mucho al de Cristo en la Piedad  de Miguel Ángel.
Alrededor del cuerpo de Cristo se colocan la Virgen en posición de misericordia (brazos en cruz), abrazando toda la escena. Lleva un manto azul característico de su condición y es la primera vez que es representada con un rostro avejentado, en concordancia con la edad que tendría a la muerte de su hijo. No como es habitual que es representada con una idealización y perfección incierta.
Detalle
A la derecha de la Madre de Cristo está María Magdalena con la vista baja observando la escena. Una de sus manos la tiene apoyada en la cabeza con un pañuelo para recoger las lágrimas por la desolación de la escena. Por último se encuentra María de Cleofás, que alza sus manos y mirada al cielo, que es donde va a ir el Cristo Muerto y que ahora está a sus pies, en un gesto de altísima tensión dramática y que de alguna forma rompe la contención dolorosa de los demás miembros del grupo que aparecen abatidos y resignados.
Hay un fuerte claroscuro en esta obra, con la luz cayendo sobre rostros y manos mientras que el resto está dominado por la oscuridad y compacta los personajes en la parte derecha del cuadro dejando la parte superior izquierda totalmente oscurecida y  libre.
Es una obra afectada, dramática y teatral por la expresión de sus personajes y la luz empleada por el autor para enfatizar y dirigir la atención del observador.
Caravaggio, cuyo nombre era Michelangelo Merisi  fue el protagonista de una verdadera revolución artística en lo que se refiere a la manera de tratar los temas, al uso del color y de la luz y, sin duda alguna, fue la personalidad más importante de la corriente "realista" de la pintura del siglo XV.
También en esta sala encontramos la Crucifixión de San Pedro del pintor barroco Guido Reni. 
Se trata de un óleo sobre lienzo, de 305 x 171 cm y que fue encargada por el Cardenal Pietro Aldobrandini para San Pablo alle Tre Fontan (San Pablo de las Tres Fuentes).
Crucifixión
de S. Pedro
Y el objetivo con el que el cardenal encomendó esta obra a Reni, fue que transmitiera la idea de dar la vida por la fe, conmoviendo y convenciendo con ello a los fieles.
Esta obra marcó el primer éxito romano de Guido Reni, quien la realizó entre 1604-1605. Trasladada al Palacio Pontificio del Quirinal fue llevada, como tantas otras, a París en 1797 y, tras ser devuelta, entró a formar parte de la Pinacoteca de Pío VII desde 1819.
Recién llegado a Roma, el artista boloñés fue partidario de las novedades revolucionarias de la pintura de Caravaggio, que desde el comienzo habían influido de manera determinante en la vida artística de la ciudad pero las traduce en su estilo idealizado y clasicista.
Dicha influencia es evidente en la Crucifixión de San Pedro, que representa al apóstol siendo clavado en la cruz cabeza abajo. La obra muestra a tres verdugos levantando y asegurando a Pedro a la cruz. El apóstol es retratado como un anciano sereno que acepta su martirio con nobleza y prefiere no mostrar su rostro, casi como queriendo respetar su sufrimiento, contrastando con el esfuerzo físico de sus ejecutores.
Detalle
Los rostros de los tres esbirros son inexpresivos, los cuerpos son elegantes y musculosos, y las posturas plásticas. Dos intervienen activamente en la crucifixión, mientras que un tercero, posiblemente una figura de mayor edad, parece estar sujetando o asistiendo al santo. Un hombre está sujetando los pies del santo a la cruz, mientras que otro sostiene su cuerpo. El hombre que sostiene el cuerpo del santo es musculoso y está con el torso desnudo, vistiendo solo una sencilla prenda alrededor de la cintura. El hombre que sujeta los pies lleva una gorra roja y una camisa holgada. El fondo es oscuro y algo indistinto, con una sugerencia de paisaje y un cielo nublado. 
Detalle
Para acentuar el dramatismo de la composición coloca la cruz en el centro de la escena: así, la cruz constituye un eje de simetría, en torno al cual el pintor distribuye ordenadamente los cuatro personajes  y que, al igual que Caravaggio, sirviéndose de la luz y el claroscuro hace que las figuras emerjan de ese fondo oscuro, infundiéndoles vida y, al mismo tiempo, expresividad.
Otro punto de composición es el ángulo recto que forman los brazos de san Pedro.
Y en cuanto al color del cuadro, se trata de un colorido muy vivo, dotado de excelentes texturas. Las piernas de san Pedro, lívidas por la poca irrigación sanguínea, son el punto central de la pintura. El juego de los colores blanco y rojo da vigor al ambiente triste.
El estilo general es barroco, caracterizado por una iluminación dramática y una intensa emoción.
El mismo tema fue ya tocado por Caravaggio en el cuadro para la iglesia romana de Santa María del Popolo. Y en ambas obras aparecen cuatro figuras, pero las composiciones en una y otra son bien diferentes.
Detalle
En esta obra, Reni experimentó brevemente con el tenebrismo y el realismo de Caravaggio, pero suavizando la crudeza y atenuando la alta tensión dramática con una elegancia más clásica y espiritual. Fue tal el impacto de esta pintura que el propio Caravaggio se sintió eclipsado y se dice que Caravaggio se enfureció tanto por este "plagio", que amenazó a Reni con pelear con sus puños en lugar de pinceles, por su brillante reinterpretación.
Otra de las obras que también me llamó la atención el Martirio de San Erasmo de Nicolas Poussin, se trata de un lienzo al óleo de 320 x 186 cm.
El Martirio de San Erasmo es el primer encargo público de Nicolás Poussin, pintor representante del clasicismo francés, en Roma, ciudad a la que el pintor francés se había trasladado en 1624.
Martirio de
 S. Erasmo
Realizada para el altar del transepto derecho de la Basílica de San Pedro, en el que se guardaban las reliquias del Santo, la pintura permaneció en ese lugar hasta el siglo XVIII, cuando fue reemplazada por una pareja en mosaico y trasladada al palacio pontificio del Quirinal.
Al igual que muchas otras fue llevada a París y, tras su devolución, entró a formar parte de la Pinacoteca Vaticana de Pío VII.
El retablo del altar, inicialmente encargado a Pietro de Cortona, pasó en 1628 a Poussin, quien lo realizó antes de acabar el año siguiente, siguiendo los dibujos preparatorios ya elaborados por Cortona.
La pintura representa a Erasmo, obispo de Formia (Antioquía), mientras sufre el martirio, por evisceración durante las persecuciones de Diocleciano en 303 d.C.
Detalle
El pintor representa al mártir en primer plano. A su lado un sacerdote que señala la estatua de Hércules (el ídolo pagano que Erasmo se había negado a adorar sufriendo por ello el martirio en la plaza pública), un soldado romano a caballo encargado de la ejecución, el verdugo que saca el intestino haciéndolo enrollar alrededor de un cabestrante de marinero, un fragmento de arquitectura clásica y ángeles que bajan hacia la víctima con la palma y la corona, símbolos del martirio.
La luz resalta la escena, tratada con un aire clásico, con gran contraste con el color de las vestiduras bajo el cuerpo del santo.
La composición de la pintura se basa en líneas diagonales que convergen en la figura que representa san Erasmo. Dicha composición se transformó en un verdadero prototipo para las representaciones relativas a episodios de martirio y debido a la naturaleza de su muerte, es considerado el santo patrón de los dolores y enfermedades abdominales. Además, por la asociación de la herramienta utilizada en su suplicio (el torno) con los aparejos de los barcos, se le venera como el patrón de los marineros.
Aquel día las salas XIII, XIV y XV estaban cerradas por lo que no pudimos visitarlas. Al parecer en la sala XIII se exponíam los modelos preparatorios en creta mixta con paja en armazón de hierro y mimbre para las figuras de bronce de la Cátedra de San Pedro deLorenzo Bernini.
Adán y Eva en el
Paraíso Terrena
l
No puedo dejar pasar el consejo de visitar la sala XVI donde un cuadro llamó poderosamente mi atención se trata de Adán y Eva en el Paraíso Terrenal del pintor austríaco Johan Wenzel Peter.
Es un enorme lienzo al óleo, 336 x 247 cm., donde Wenzel  Peter pintor animalista especializado en este singular  género reprodujo con extraordinario naturalismo animales de especies muy variadas,  en sus gestos estáticos o de lucha.
El Paraíso Terrenal es la prueba de su virtuosismo, ya que el artista reúne, alrededor de las figuras de Adán y Eva, a los de más de doscientos animales de todo el mundo, reproducidos no sólo con habilidad pictórica, sino también con conocimientos profundos y precisión científica.
En 1831 Gregorio XVI adquirió veinte obras del pintor austriaco Wenzel Peter para adornar la Sala del Consistorio en el Apartamento Papal de representación.

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